Nadie, seguramente, ha quedado indiferente ante la renuncia del papa Benedicto XVI. No sólo la cristiandad sino también buena parte de la ciudadanía ha quedado sorprendida. Es una de las decisiones que no se pueden tomar a la ligera. Justamente ayer hablabamos del riesgo que supone la toma de decisiones. Ahora se abre un panorama de espera y de esperanza en el seno de la Iglesia Católica.
Cuando hemos conocido la decisión del papa, nos ha causado sorpresa a la vez que suscita admiración. No es habitual que las personas que tienen poder y responsabildad públicas se retiren, incluso cuando hay motivos. En el caso de la Iglesia habían pasado 600 años desde la última vez que un papa renunciase al ejercicio del papado estando en vida. La renuncia de Benedicto lo engrandece y a la ciudadanía le sugiere que ha dado muestra de su papel de servicio hasta que conscientemente ha discernido que no debía continuar.
Es un momento histórico para dar gracias a Dios por estos años en que Benedicto XVI ha sido "un humilde trabajador de la viña del Señor" como dijo en su acto de presentación en la plaza de San Pedro recién elegido papa. A la vez se abre un nuevo horizonte en la Iglesia, esperanzador porque los creyentes rezamos para que surja un nuevo pastor que guie a la crisitiandad en los inicios del siglo XXI.
Iniciamos una etapa de reflexión, oración y súplica por el bien de la Iglesia y del mundo entero. Benedicto, gracias por vuestro magisterio y entrega en estos años. El Señor os bendiga.