Este próximo domingo tenemos en nuestra parroquia la celebración de la primera comunión de los niños y niñas que se han preparado durante los dos últimos años. Es un día de gozo y alegría para todo nuestro pueblo que es testigo del crecimiento de los más pequeños en la fe.
Este año de la Fe, debe ser para nosotros una ocasión propicia para revisar ciertos aspectos de nuestra vida de fe que no acaban de funcionar. Lo digo porque a raiz de las celebraciones de la priera comunión, uno se da cuenta de las generaciones de niños y niñas que han pasado por la parroquia para celebrar este sacramento y después han pasado a engrosar la lista de los cristianos sociológicos. Sí, sí, esos que asisten a la Iglesia para Bautizos, Comuniones, Bodas y Funerales.
La pregunta que viene a la mente es porqué se ha descuidado la vida cristiana después de celebrar los sacarmentos de iniciación a la misma. Las causa son diversas y recurrimos a justificar por cómo está la sociedad, lo poco atractiva que es la celebración de la misa, la pereza por ir a la parroquia, lo antipático que me cae el cura, etc. Todo esto se comprende desde un punto de vista meramente humano, pero lo fundamental radica en el nivel de profundización de la propia fe, en el cuidado de la vida cristiana, en el interés por la práctica de lo que celebramos en la Iglesia y muchas otras situaciones que no podemos analizar en un artículo como este.
A la vez, tenemos la perspectiva de la oportunidad que ofrece tener a un grupo de familias que intentan esforzarse por vivir su fe, aunque sea como ese pábilo de luz vacilante que no hay que apagar. Siempre descubrimos personas en el camino de la vida que toman con interés la vida espiritual como fuente y motor de la existencia. Da gusto observar el acompañamiento de los padres con sus hijos que celebran la Primera Comunión. De aquellos que participan en la misa con sus hijos, que les ayudan en la catequesis, que les enseñan a rezar, que no dejan en manos de los demás toda la tarea de acompañamiento en la maduración de su fe. Se convierten en los testigos de la fe para un mundo como el nuestro en que muchas veces se acomoda la desesperanza y el fatalismo.
Bien es verdad, que no se puede realizar solo el camino. Por eso recurrimos a la Iglesia que ofrece un equipo de catequistas con una labor encomiable y voluntaria. También en la clase de religión del colegio e instituto se avanza en el conocimiento de nuestra fe cristiana. Y si aprovechamos los recursos disponibles, a los que añadimos la gracia de Dios, nuestra vida de fe ganará en calidad y en compromiso con Cristo, con la Iglesia y con los demás.
Si participamos en alguna celebración de Primera Comunión, ofrezcamos en nuestras oraciones a los niños y niñas que participan, para que el Señor haga crecer la semilla de fe que depositó en ellos y no abandonen la amistad con Jesús y su Iglesia. Felicidades a todos, los que celebran su Primera Comunión y a los que hace días que la recibimos.