21 ENE 2023

Homilía en el funeral por Benedicto XVI

Homilía en el funeral por el papa Benedicto XVI

 

            Queridos hermanos/as:

Acabamos el pasado año 2022 conociendo la noticia de que el Santo Padre Benedicto XVI, papa emérito, dejaba este mundo y se presentaba ante el Señor nuestro Dios. Hoy nos reunimos en nuestra parroquia de San José para rezar por él y encomendar su alma al Señor en esta Eucaristía y en nuestras oraciones particulares.

Me gustaría ofreceros una aproximación y semblanza a la figura del papa emérito Benedicto XVI a través del repaso a su vida y a sus escritos que son el testimonio de su peregrinaje entre nosotros. Josef Aloysius Ratzinger nace en el seno de una familia humilde y católica, de hecho su padre lo lleva a la iglesia para que recibiera el bautismo el mismo día de su nacimiento en la misa de la vigilia pascual del año 1927.

Los años de su juventud no fueron fáciles para él pero gracias a su formación cristiana, humana y cultural, unida a la fe católica vivida en su familia, pudo superar las dificultades sufridas en su vida a causa del nazismo, que golpeó la vida de los europeos y de manera particular en Alemania.

Se despertó en Josef Ratzinger la vocación al sacerdocio, cuestión que no le ahorró burlas y desprecios, y acabada la segunda guerra mundial pudo completar los estudios de filosofía y teología para recibir la ordenación sacerdotal en el año 1951. A partir de este momento, la pasión por el estudio para conocer la Verdad (su lema episcopal es ‘Colaborador de la Verdad’) será una inquietud que no abandonará en toda su vida. Una inquietud que se ve comprometida vitalmente con su ministerio en la iglesia como sacerdote, arzobispo, cardenal y finalmente como papa.

Como teólogo, destacó por sus numerosas publicaciones que le valieron el reconocimiento de la comunidad universitaria y científica como prueban sus siete doctorados ‘honoris causa’ de diversas universidades. En sus escritos y reflexiones trató de acercarnos más a Dios, haciéndonoslo más inteligible para que nuestra fe cristiana esté bien enraizada en el Señor.

Creo que su figura pasará a la historia como una de las más brillantes del siglo XX y XXI, aunque Benedicto XVI vivió desde la humildad y la sencillez al servicio de la Verdad (que es Dios) y de la Iglesia. Por eso, en esa combinación de mente preclara y fidelidad a Dios, tenemos que centrarnos en el testimonio de su vida como pastor de la Iglesia para comprender el ejemplo que supone Benedicto XVI para toda persona que busca la Verdad y quiere hacer el Bien; ya que se encuentra en la senda que lleva a Cristo, camino, verdad y vida.

El papa emérito Benedicto XVI fue un Pastor de la Iglesia. Su vocación a consagrar su vida a Dios le condujo al ministerio sacerdotal, tarea que combinaba con la docencia en la universidad y en aquellas tareas que le fueron encomendadas. Así fue nombrado arzobispo de Munich y Freising por el papa Pablo VI que el mismo año también lo creará cardenal. Posteriormente el papa Juan Pablo II lo lleva a trabajar al Vaticano como prefecto de Congregación para la doctrina de la Fe. Finalmente, a la muerte de Juan Pablo II es elegido como su sucesor. Todo este recorrido de responsabilidades ministeriales y de estudio lo resume muy bien la expresión que pronuncia en la primera aparición pública después del cónclave. ‘Los Sres. Cardenales me han elegido a mí, un simple y humilde trabajador de la viña del Señor’.

A lo largo de su pontificado escribió tres encíclicas y muchos discursos, audiencias, ángelus, cartas, homilías, mensajes y oraciones de una riqueza y profundidad teológica a la que no estábamos acostumbrados. Muy a pesar suyo, muchas veces fueron malinterpretados sus escritos o se destacaban cuestiones anecdóticas que en nada reflejaban el pensamiento y la fe del papa Benedicto XVI.

La personalidad, incluso la propia fisonomía del papa, mostraba a una persona tímida, frágil e introvertida como si quisiera pasar desapercibido, pero la realidad es que Dios nos regaló en Benedicto XVI a un testigo de Cristo para nuestro tiempo.

Una de las situaciones que más ha vivido y se ha repetido en la vida de Josef Ratzinger ha sido la de cambiar de planes de vida de una forma continua. Así, tuvo que renunciar a ser catedrático de la universidad para ser arzobispo de Munich, renuncia a vivir en Alemania como arzobispo al ser nombrado prefecto de la congregación de la fe, después tuvo que renunciar a retirarse a estudiar, escribir y dar conferencias en su jubilación porque el papa Juan Pablo II le pidió que se quedase junto a él hasta el final y finalmente llegó la inesperada e incomprendida renuncia papal.

Recorramos este camino de renuncias en sus escritos y en las lecturas que hemos proclamado en esta Eucaristía. Dice Benedicto XVI en la encíclica ‘Deus Caritas est’: ‘en Jesucristo, el propio Dios va tras la « oveja perdida », la humanidad doliente y extraviada. Cuando Jesús habla en sus parábolas del pastor que va tras la oveja descarriada, de la mujer que busca el dracma, del padre que sale al encuentro del hijo pródigo y lo abraza, no se trata sólo de meras palabras, sino que es la explicación de su propio ser y actuar. En su muerte en la cruz se realiza ese ponerse Dios contra sí mismo, al entregarse para dar nueva vida al hombre y salvarlo: esto es amor en su forma más radical. Es allí, en la cruz, donde puede contemplarse esta verdad. Y a partir de allí se debe definir ahora qué es el amor. Y, desde esa mirada, el cristiano encuentra la orientación de su vivir y de su amar.

En la segunda lectura nos dice el apóstol Pablo: Cristo, a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios; al contrario, se despojó de su rango, y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos. Y así, actuando como un hombre cualquiera, se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, y una muerte de cruz.

Es lo que clásicamente en la teología se conoce con el nombre de ‘kenosis’. Dios viene a nuestro encuentro y en su entrega en la cruz, en ese darse completamente nos indica el camino a seguir. Dejar y renunciar al poder, a creerse por encima de los demás, a querer suplantar a Dios mismo. Escribe así el papa emérito:

Cristo ocupó el último puesto en el mundo —la cruz—, y precisamente con esta humildad radical nos ha redimido y nos ayuda constantemente. Quien es capaz de ayudar reconoce que, precisamente de este modo, también él es ayudado; el poder ayudar no es mérito suyo ni motivo de orgullo. Esto es gracia. Cuanto más se esfuerza uno por los demás, mejor comprenderá y hará suya la palabra de Cristo: « Somos unos pobres siervos ».

Quien gobierna el mundo es Dios, no nosotros. Nosotros le ofrecemos nuestro servicio sólo en lo que podemos y hasta que Él nos dé fuerzas.

La fe nos muestra a Dios que nos ha dado a su Hijo y así suscita en nosotros la firme certeza de que realmente es verdad que Dios es amor. De este modo transforma nuestra impaciencia y nuestras dudas en la esperanza segura de que el mundo está en manos de Dios y que, no obstante las oscuridades, al final vencerá Él. (Deus caritas est).

            A lo largo del pontificado de Benedicto XVI no faltó el sufrimiento a causa de las incomprensiones, los escándalos en el seno de la iglesia y la corrupción en la curia y organismos del Vaticano.

Hemos leído en la primera lectura de Isaías: Mi Señor me ha dado una lengua de iniciado,  para saber decir al abatido una palabra de  aliento. (…)No oculté el rostro a insultos y salivazos. Mi Señor me ayudaba, por eso no quedaba confundido;  por eso ofrecí el rostro como pedernal, y sé que no  quedaré avergonzado.

            Y el papa emérito en su encíclica Spe Salvi nos alienta con estas palabras: La verdad y la justicia han de estar por encima de mi comodidad e incolumidad física, de otro modo mi propia vida se convierte en mentira. Y también el « sí » al amor es fuente de sufrimiento, porque el amor exige siempre nuevas renuncias de mi yo, en las cuales me dejo modelar y herir. En efecto, no puede existir el amor sin esta renuncia también dolorosa para mí, de otro modo se convierte en puro egoísmo. Sufrir con el otro, por los otros; sufrir por amor de la verdad y de la justicia; sufrir a causa del amor y con el fin de convertirse en una persona que ama realmente, son elementos fundamentales de humanidad, cuya pérdida destruiría al hombre mismo. Pero una vez más surge la pregunta: ¿somos capaces de ello?

            También en la homilía al inicio de su pontificado se refiere el papa a la tarea que tiene por delante que no es otra cosa que cumplir la voluntad de Dios:

Y ahora, en este momento, yo, débil siervo de Dios, he de asumir este cometido inaudito, que supera realmente toda capacidad humana. ¿Cómo puedo hacerlo? Mi verdadero programa de gobierno es no hacer mi voluntad, no seguir mis propias ideas, sino de ponerme, junto con toda la Iglesia, a la escucha de la palabra y de la voluntad del Señor y dejarme conducir por Él, de tal modo que sea él mismo quien conduzca a la Iglesia en esta hora de nuestra historia.

            Finalmente, el evangelista Juan nos muestra el diálogo de amor con Pedro como programa de vida cristiana:

            «Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos?»
Él le contestó: «Sí, Señor, tú sabes que te quiero.»
Jesús le dice: «Apacienta mis corderos.»

            Así lo transmite el papa emérito en su encíclica ‘Caritas in veritate’: El amor de Dios nos invita a salir de lo que es limitado y no definitivo, nos da valor para trabajar y seguir en busca del bien de todos, aun cuando no se realice inmediatamente, aun cuando lo que consigamos nosotros, las autoridades políticas y los agentes económicos, sea siempre menos de lo que anhelamos. Dios nos da la fuerza para luchar y sufrir por amor al bien común, porque Él es nuestro Todo, nuestra esperanza más grande.

            Y en la homilía de inicio de su pontificado nos deja lo deja bien claro: Apacentar quiere decir amar, y amar quiere decir también estar dispuestos a sufrir. Amar significa dar el verdadero bien a las ovejas, el alimento de la verdad de Dios, de la palabra de Dios; el alimento de su presencia, que él nos da en el Santísimo Sacramento. Queridos amigos, en este momento sólo puedo decir: rogad por mí, para que aprenda a amar cada vez más al Señor. Rogad por mí, para que aprenda a querer cada vez más a su rebaño, a vosotros, a la Santa Iglesia, a cada uno de vosotros, tanto personal como comunitariamente.

Hermanos, roguemos al Señor por el papa emérito Benedicto XVI que nos enseña con el testimonio de su vida a entregarnos a las manos de Dios siempre para cumplir su voluntad. Nos alienta a la perseverancia ante las adversidades para ser luz y reflejo del amor del Señor a la humanidad. Y nos invita a un estilo de vida en el que la renuncia sea la imitación de la ‘kénosis’ de Cristo que se rebajó hasta someterse a una muerte de cruz. Por eso Dios lo levantó sobre todo para que toda lengua proclame: ‘Jesucristo es Señor para gloria de Dios Padre.’

Oremos al Señor para que nos haga comprender cuán preciosa es a sus ojos toda nuestra vida, refuerce nuestra fe en la vida eterna y nos haga hombres de la esperanza, que trabajan para construir un mundo abierto a Dios, hombres llenos de alegría que saben vislumbrar la belleza del mundo futuro en medio de los afanes de la vida cotidiana y con esta certeza viven, creen y esperan.

Santa María, madre de Dios, ruega por nosotros. Amén