26
MAR
2021

SEMANA SANTA 2021



Cada Semana Santa tenemos una nueva oportunidad para contemplar la pasión, muerte y resurrección de Cristo. Quien lo intenta con un corazón humilde, puede coger la mano del Señor que va marcando el camino hacia donde quiere llegar nuestro corazón: la casa del Padre. El niño que contemplamos en el pesebre nos mostró que el camino del amor es el único que puede llenar nuestros deseos de plenitud y felicidad.

La Semana Santa se inaugura con el Domingo de Ramos, día en que nos unimos al grito de los niños hebreos: ¡Hosanna! ¡Bendito el que viene en noimbre del Señor! (Mc. 11,9). Pero este mismo día nos adentra en la pasión del Señor, ya que contemplamos al siervo sufriente anunciado por el profeta Isaías, profeta de la esperanza.

El Jueves Santo hacemos memoria de la Última Cena donde Jesús anticipa su entrega final e instituye la Eucaristía. Destacan dos momentos en este día: el lavatorio de pies que vincula la entrega de Jesús con el servicio a los hermanos; y la reserva del Santísimo Sacramento en el monumento que nos permite comulgar el día siguiente y adorar la presencia del Señor entre nosotros.

El Viernes Santo centra nuestra mirada en la Pascua del Cordero degollado. Jesús, habiéndonos amado hasta el extremo, se entrega en la Cruz. No celebramos la Eucaristía, pero sí que entramos en comunión con Él. El pan consagrado en la misa de la Última Cena, es el cuerpo entregado por nosotros, alimento espiritual que nutre nuestra vida y hace posible nuestra esperanza.

El Sábado Santo, después de la muerte de Cristo, el mundo se queda desorientado, desolado. Reina el silencio. Sólo el consuelo de Maria, nuestra madre, puede llenar el vacío que sentimos.

En la Vigilia Pascual, celebramos la resurrección del Señor. El fuego inicial enciende el cirio pascual que destaca el triunfo del resucitado sobre las tinieblas que intenta reinar en este mundo. La Palabra de Dios nos invita a unir nuestra historia con la historia de la salvación. El agua bautismal hace germinar los nuevos brotes del tronco de Jesús y fortalece los sarmientos para que permanezcan unidos a la vid. La mesa de la Eucaristía permite el encuentro con quien nos amó primero.

¡Ha resucitado de entre los muertos! ¡Aleluya, aleluya, aleluya!


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